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Ciencia y Tecnología

El costo de abandonar la ciencia en México: una reflexión sobre el talento desperdiciado

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México enfrenta una paradoja en el ámbito científico: nunca antes se había dependido tanto de la ciencia, pero nunca había sido tan sencillo ignorarla. Así lo plantea Oscar Arias, decano de Posgrado de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey, quien sostiene que el país no carece de talento, sino que lo desperdicia al generar condiciones que obligan a los investigadores a emigrar o a subsistir en la precariedad.

En un artículo de opinión, Arias señala que reducir la discusión científica a un problema presupuestal es confundir los síntomas con la enfermedad. La pregunta central, afirma, no es cuánto dinero recibe la ciencia, sino qué ocurre con una sociedad que decide vivir cada vez más lejos del conocimiento. La paradoja mexicana, dice, es que nunca se había dependido tanto de la ciencia y nunca había sido tan fácil ignorarla.

El académico menciona ejemplos concretos de esta contradicción: la crisis hídrica avanza mientras proliferan ocurrencias disfrazadas de política pública; el cambio climático modifica ecosistemas enteros mientras muchos lo consideran una opinión; la inteligencia artificial transforma economías mientras el sistema educativo discute problemas del siglo pasado. “Vivimos rodeados de evidencia, pero gobernados con frecuencia por la improvisación”, señala.

La ciencia como herramienta contra la improvisación

Arias sostiene que la ciencia no es una actividad ornamental reservada para universidades, congresos o centros de investigación, sino una herramienta intelectual que permite distinguir entre lo que se cree y lo que se sabe. Esta diferencia, aunque elemental, es constantemente ignorada en la vida pública mexicana, donde buena parte de la discusión descansa en la confusión entre ambas cosas.

El autor critica que los gobiernos suelen enamorarse de las certezas, las ideologías prometen respuestas definitivas y las redes sociales recompensan la indignación instantánea, mientras que la ciencia opera bajo reglas menos seductoras: duda, corrige, rectifica y vuelve a empezar. “Su fortaleza no consiste en poseer la verdad, sino en reconocer sus errores”, afirma.

Para Arias, la dependencia científica es una de las contradicciones más evidentes del discurso nacionalista mexicano. El país forma investigadores de primer nivel, pero al mismo tiempo genera condiciones que los obligan a emigrar o a trabajar en la precariedad, lo que deriva en una dependencia de tecnología, patentes y conocimiento producidos en el extranjero.

El costo de abandonar la ciencia

El autor plantea que el debate sobre la ciencia mexicana no debería limitarse a cuánto cuesta sostenerla, sino a cuánto cuesta abandonarla. Pregunta cuánto cuesta diseñar políticas sin evidencia, enfrentar epidemias sin investigación, gestionar el agua sin comprender los sistemas ecológicos que la producen, y educar generaciones para memorizar respuestas en lugar de formular preguntas.

Arias concluye que la ciencia no resolverá por sí sola los problemas nacionales, pero ofrece una disciplina intelectual capaz de distinguir los hechos de los deseos. En un país donde con frecuencia se confunden ambos, esa capacidad puede ser una contribución revolucionaria. “El valor de la ciencia en México no reside en prometer salvaciones colectivas. Reside en algo más modesto y más importante: impedir que nos engañemos con demasiada facilidad”, sentencia.